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Dejemos está semana temas locales y reflexionemos un instante sobre uno de dolorosa actualidad en el deporte internacional, el reclamo de muchos para boicotear los Juegos Olímpicos de Beijing.
Es parte del espíritu olímpico el proteger la práctica del deporte de la intromisión de la política. La idea es mantener la competencia deportiva como un vehículo de unión entre los hombres.
Con este legado de la Grecia antigua es que Pierre de Coubertin y quienes lo acompañaron a fines del siglo XIX comenzaron la historia de las Olimpiadas Modernas. No siempre hubo éxito. Las guerras y la política vencieron más de una vez. la Primera Guerra Mundial hizo imposible la realización de los Juegos en 1916 y la Segunda, la de 1940 y 1944.
La injerencia Nazi fue explícita en los Juegos de Berlín en 1936, la demencia terrorista (Setiembre Negro) enlutó los Juegos de Munich en 1972, la lucha contra la discriminación racial en Sudáfrica generó el primer gran boicot en Montreal 76 (31 paises africanos no se presentaron) y las insalvables diferencias políticas llevaron a los boicots a Moscú 80 (por la invasión de Afganistán dejaron de asistir 65 naciones) y Los Ángeles 84 (16 paises comunistas le dieron el vuelto a los Estados Unidos).
Ahora es el tema del Tibet. Esta región asiática de altas montañas (allí está el Everest), aparece hoy protestando ante el mundo reclamando libertad. Se trata de una nación antigua de profunda vocación religiosa budista que a lo largo de su historia ha sufrido diversas invasiones. Allí estuvieron los indios, los mongoles y los chinos entre las naciones cercanas y los ingleses, que hicieron del Tibet un protectorado británico. Pero en el siglo XX terminó de imponerse la ocupación China, que obligó al exilio del Dalai Lama tras la brutal intervención de 1959 y determinó el comienzo de profundos cambios sociales que han hecho surgir a una clase media con mayor capacidad económica, en detrimento de los antiguos señores y monjes budistas que eran los propietarios de la tierra, muchos de ellos salvajemente asesinados. Sin embargo, la clase más necesitada, básciamente campesina, se mantiene en su ancestral miseria.
Es difícil entender al Tibet desde nuestra visión occidental. Intentémoslo con mente abierta. Es básicamente un pueblo religioso. Reconocen todos como su líder al Dalai Lama, que es en rigor la cabeza religiosa de una sociedad Teocrática. Creen los tibetanos que el Dalai Lama es la encarnación del Buddha Avalokitesvara, que no es otra cosa para ellos que una deidad. Creen que al morir el Dalai Lama, su espíritu se encarna en un niño recién nacido en un periodo máximo de 7 semanas. De manera que creen que eternamente esta figura divina está entre ellos, razón por la cual se entiende con facilidad que lo acepten también como su Jefe de Estado (aunque en la actualidad el Dalai Lama ha delegado el mando político a un Ministro Presidente elegido en sufragio universal).
La ocupación y dominio chino han supuesto un gran derramamiento de sangre y nunca los tibetanos las han aceptado, aunque no cuentan con ninguna fuerza posible para oponerse al gigante, que además ha intentado secularizar el Tibet e imponer sus ideas Maoistas sin éxito.
El Tibet siempre reclamó libetad y nunca fue escuchado. Hoy menos que nunca, ya que la apertura China supone un gran mercado para todos los grandes intereses mundiales. La constante prédica pacifista del Dalai Lama en el exhilio, recorriendo el mundo compartiendo su mensaje de amor con el de atención para su país (estuvo hace poco en el Perú), no ha tenido éxito, aunque el gobierno de Estados Unidos lo haya condecorado el año pasado.
Resulta muy difícil no solidarizarse con la causa tibetana.
Pero esta solidaridad supone una dura prueba para quienes queremos defender la independecnia del deporte y el que se mantenga la vieja tradición de tregua olímpica.
Esta idea era fácil de ser respetada en la Grecia antigua por dos razones básicas. La primera, es que los Juegos Olímpicos Griegos eran fundamentalmente una actividad religiosa, practicada por gentes de diferentes Estados, pero que practicaban la misma religión. La segunda, es que Olimpia era una ciudad siempre neutral desde que así lo decretó Licurgo (el legislador espartano) y se consagró a esta neutralidad y a este destino religioso.
En la modernidad la cosa es distinta. Primero, los Juegos ya no son un acto religioso y aunque lo fueran, existe una gran diversidad política y religiosa entre las naciones y hombres y mujeres participantes. Segundo, la sede ya no es una sola, sino que cada vez se rota y por tanto, cada ciudad anfitriona contamina la limpieza olímpica con sus propias miserias, problemas e historia.
Sueño con que se mantenga el ideal de Coubertain, pero espero que no sea excusa para que nos hagamos los desentendidos con los problemas humanos.
Por reso es que sostengo que este asunto del Tibet no es para el Comité Olímpico Internacional, sino para las Naciones Unidas. Los manifestantes y quienes pedimos apoyo para esta causa debemos dirigirnos a la ONU, no al COI.
Pero hay otro tema. Y es que estos problemas podrían significar el inicio del fin de los Juegos, o al menos el inicio del fin de los altos ideales que le dieron origen. Para evitarlo, el COI debería tener mucho más cuidado con la elección de la sede. El factor económico no puede seguir siendo el más importante, como quedó clarísimo cuando Atlanta venció a Atenas en la elección para los Juegos del centenario. En quella oportunidad, debió competirse en la capital griega, donde todo había comenzado y en su lugar tuvimos que ir a la poderosa ciudad norteamericana.
A veces hay que mirar el mundo. Espero su aceptación por dejar los temas caseros esta semana. Me gustaría conocer sus ideas sobre temas tan importantes.
Creado por abeingolea
03:25:30